La media naranja: El mito que ilustra un modelo de pareja.

Publicado por el 23 noviembre, 2015 en Psicología

Corazón¿Alguna vez te has preguntado de donde procede esa popular y extendida expresión “la media naranja”? Pues para quien tenga aunque sea solo la curiosidad de saberlo, la respuesta nos sitúa nada menos que en el año 380 a. C. fecha en la que Platón, con su obra “El banquete”, da origen a este curioso mito. En ella, se narra una reunión de carácter lúdico y festivo celebrada en torno a un banquete, reunión en la que cada comensal –todos los presentes eran renombrados filósofos- exponía su propio concepto del amor. Fue en la intervención de uno de estos insignes asistentes, llamado Aristófanes, en la que se da origen a este interesante mito, sobre el cual versa este artículo.

En su discurso, este filósofo describe la naturaleza de la raza humana, para él casi perfecta en su origen. El ser humano, de estructura anatómica prácticamente redondeada, poseía dos caras opuestas sobre una misma cabeza, y un cuerpo del cual surgían cuatro brazos y cuatro piernas. Por aquel entonces, según narra Aristófanes, coexistían tres tipos de seres humanos: los compuestos por dos hombres, los compuestos por dos mujeres, y, finalmente, los compuestos por un hombre y una mujer, denominados andróginos. Estos, convencidos del poder que poseían gracias a esta forma casi perfecta, decidieron enfrentarse a los dioses para derrocarlos, lo que Zeus castiga severamente dividiendo a cada uno de ellos en dos mitades, debilitando así sus fuerzas para hacer efectivo su castigo.

Es desde entonces cuando, según esta alegoría, el ser humano se ve condenado a permanecer dividido y separado en dos mitades, sumido en la irrefrenable necesidad de encontrar, no sin un gran esfuerzo, aquella otra parte perdida que lo completara como una unidad. Tal era esta necesidad que, cuando el individuo encontraba su otra mitad, se unía a ella con tal ímpetu e intensidad que terminaba por descuidar sus propias necesidades, con lo que perecía de hambre e inanición. Aunque solo se trate de un mito, la idea que subyace en esta historia perdura hoy con plena vigencia. El concepto de pareja basado en la completud de uno mismo a través de la unión con otra persona se encuentra muy extendido en nuestra sociedad.

El concepto de media naranja.

 

En efecto, casi todo ser humano tiende a buscar aquella persona que pueda aportarle unas cualidades que no cree poseer y que pueden hacerle sentir completo, cualidades con las que supliría una serie de carencias que siente poseer. Son numerosos los ejemplos que pueden ilustrar este extendido modelo de pareja. La seguridad en uno mismo, atractivo atributo que actúa como un poderoso imán en muchas personas y en potenciales parejas, podría ser uno de los más interesantes si lo analizamos.
Conviene al respecto advertir que existen múltiples maneras de buscar seguridad en otra persona, así como también de obtenerla, aunque ahora lo realmente interesante para nosotros es conocer el porqué de esa generalizada tendencia de buscar seguridad en la pareja. La respuesta es bien sencilla: todo el mundo, en mayor o menor grado, siente la falta de seguridad en sí mismo, se sea o no consciente de ello, por lo que fácilmente se puede ver atraído por una persona que logre aparentar dicho rasgo.

Otro ejemplo válido que ilustra este modelo pareja es el de valerse de esta relación para obtener reconocimiento y ver aumentada la valoración que solemos tener de nosotros mismos. La elección de pareja, aunque a ojos de muchas personas resulte un hecho fortuito y aleatorio, no es más que nuestra preferencia por esa persona a la que hemos atribuido características y cualidades que consideramos de gran valor, ya seamos conscientes o no de ello. Si dicha atracción y elección resultan recíprocas, parece lógico que ambas partes se sientan especialmente valoradas la una por la otra. La pregunta ahora es: ¿qué está detrás de nuestra particular forma de valorar las características de nuestra pareja? Es posible que nos sorprenda saber que aquello que tanto estimamos en la persona elegida no es ni más ni menos que lo que nos gustaría percibir en nosotros mismos.

Estos son solo dos ejemplos que vendrían a explicar, en un buen número de casos, en qué consiste el hecho de buscar una complementariedad en el otro, como refleja el mito que en su día creó Aristófanes. Es importante tener en cuenta, no obstante, que no existen dos personas iguales y que, por ende, en su búsqueda de pareja cada persona tiene su propia forma de percibir y de valorar a los demás.

Quizá, y llegados este punto, quepa aclarar que la búsqueda de la media naranja no conlleva problema alguno en principio. Es indiscutible que cada uno decide qué tipo de relación prefiere mantener con otra persona y cómo desea que esta sea. Sin embargo, convendría sacar a relucir ambas caras de la moneda y mostrar las implicaciones que una relación basada en la complementariedad suponen para cada uno de los miembros de la pareja.

La fantasía preside una etapa inicial de conquista mutua en los miembros de la pareja y, en  términos generales y en la mayoría de los casos, cada parte suele ver a la otra como un ser excepcional, con unas virtudes deslumbrantes que llegan incluso a eclipsar cualquier característica que no gusta de esa persona. No obstante, aunque nos pese, esta etapa tarde o temprano llega a su fin. Es a partir de entonces cuando una relación de pareja basada en la complementariedad muestra otras facetas. La visión que se tiene del otro se ajusta de manera más veraz a la realidad y comienzan a aflorar ante los ojos de cada parte unas características que no resultan tan fáciles de aceptar. Aquello que un día nos hizo sentir completos no tiene ya la misma capacidad de llenarnos a nivel personal. Mi pareja es un ser humano como yo, y, por lo tanto, si soy incapaz de aceptarme plenamente a mí mismo tal cual soy, también me sentiré incapaz de aceptar plenamente a ninguna otra persona, incluida mi pareja.

Con la aparición de la insatisfacción y de las recíprocas exigencias se entra en el lado más difícil de la relación, porque, de no producirse un cambio hacia posiciones de mayor madurez, se entraría en una crisis que probablemente pondría en riesgo la viabilidad de la relación. ¿Cómo superar este trance? Pues aceptando que, a pesar de todas las historias sobre príncipes azules y cuentos de hadas que hemos podido oír en nuestra vida, la solución se centra en uno mismo, de modo que cuanto mejor sea la relación de uno consigo mismo, mejor será la relación con los demás, en especial con la pareja.

En el fondo del problema está la errónea creencia de que uno mismo es incapaz de encontrar la completud como ser humano y que, como consecuencia de ello, ha de ser a través de otra persona, o de algún elemento externo, como la consigamos. Poner nuestra felicidad en manos ajenas es un tremendo error. No hay que confundir los beneficios obtenidos en una relación de pareja, o de cualquier otro tipo, con un bienestar más sólido, profundo y duradero que siempre dependerá de uno mismo. La relación de pareja puede ayudar a crecer, pero no proporcionará un bienestar de manera constante y perenne si antes no ha aprendido cada uno a obtenerlo por sí mismo.

Una alternativa a la media naranja.

 

Libre¿Qué alternativas de pareja, entonces, hay frente este extendido modelo de la media naranja, que tan bien explica la alegoría aquí narrada? Lo mejor sería, de acuerdo con lo dicho, proponerse la búsqueda de ese bienestar y de esa completitud dentro de cada uno, y no demandarlo a la pareja, lo cual no implica renunciar a ella. Se trataría, siguiendo con la misma metáfora, de ser dos naranjas enteras, en lugar de dos mitades, a partir de una relación de la que poder aprender a crecer, a compartir y a desarrollarse como un ser humano que puede, si se lo propone, llegar a ser completo y autónomo, en lugar de depender de otra persona para sentirse lleno. Para esto, la labor de conocerse a uno mismo y establecer una buena comunicación en pareja resultará de fundamental importancia. En definitiva, se trataría de desarrollarse como ser humano con la otra persona, y no a través de la otra persona.

Autor: Juan Martínez Chacón

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